La liberación sexual fue la asignatura pendiente de generaciones anteriores, educadas en el puritanismo, la moral imperante de la época y en el desconocimiento de su sexualidad y sus cuerpos. Hoy casi nadie se impone la tarea de “liberarse sexualmente” porque se sobreentiende que es un logro conseguido. Es posible transitar por otras orientaciones e identidades sexuales sin penalización social. También es factible tener un encuentro sexual, en menos de una hora, con un desconocido al que se ha contactado en alguna aplicación de citas. O, por ejemplo, es común mantener un tipo de relación con alguien centrada, única y exclusivamente, en el sexo sin que interfieran los sentimientos o el compromiso. Entonces, las preguntas son: ¿todos estos aspectos nos confieren el título de personas sexualmente liberadas? ¿Qué deberíamos entender por libertad sexual?Como cualquier concepto, el de la libertad sexual también es susceptible de ser revisado con los años. De hecho, la píldora anticonceptiva, el signo de la liberación sexual de la mujer, hace tiempo que se ha puesto en entredicho. “En lo que respecta a la tan enarbolada anticoncepción hormonal: ¿por qué motivo hemos de introducir en nuestro cuerpo una píldora con efectos secundarios que también es, entre otras cosas, perjudicial para el medio ambiente, ya que deriva de procesos de síntesis realizados en laboratorios?”, exponía la sexóloga belga Thérèse Hargot en su libro de 2016 titulado Una juventud sexualmente liberada (o casi). A lo que añadía: “Además, la anticoncepción hormonal y la consiguiente posibilidad de programar la maternidad han cambiado profundamente el enfoque psicológico de las mujeres embarazadas. Tanto es así que optar por tener un niño conlleva el hecho de esperar tener hijos perfectos y pretender ser madres impecables. Hubieras podido abortar, sin embargo has decidido tenerlo, por lo tanto, tienes el deber de ser una buena madre. No puedes decir que estás cansada o que es difícil”.Más informaciónPara algunos, la verdadera revolución sexual está todavía pendiente. Las reglas han cambiado, pero no se han abolido del todo. “Si la norma ha cambiado, nuestra relación con la norma es la misma. Las mujeres hemos pasado del deber de procrear al de alcanzar el orgasmo”, apunta también Hargort en su libro. “Del ‘no hay que tener relaciones sexuales antes del matrimonio’ al ‘hay que tener relaciones sexuales lo antes posible’. Antes la norma la daba una institución, principalmente religiosa, hoy la da la industria pornográfica”.“Si la norma ha cambiado, nuestra relación con la norma es la misma. Las mujeres hemos pasado del deber de procrear al de alcanzar el orgasmo”, apunta la sexóloga Thérèse Hargot en su libro de 2016 titulado ‘Una juventud sexualmente liberada (o casi)’.ViewStock (Getty Images/View Stock RF)“Creo que la libertad sexual tiene más que ver con el sentir que con el hacer. Se trata de que seamos conscientes de que llevamos la sexualidad incorporada. Somos seres sexuados, y esto significa que tenemos capacidad para el placer y podemos activarlo nosotros mismos y también compartirlo con otros, añadiendo la parte emocional y afectiva”, afirma Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga, terapeuta del Centro Máxima (Barcelona) y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología. “Y eso hace que te sientas más vivo. Pero, por mucho que nos lo digan, todavía no tenemos integrada esta dimensión tan importante del ser humano”, concluye la también miembro de la Academia Internacional de Sexología Médica y presidenta de honor de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS).Siguiendo esta línea, para Cristina Pineda, psicóloga y sexóloga del centro de psicología madrileño Cepsim, “se confunde la libertad sexual con el consumismo sexual y la fragilidad de los vínculos. Parece que ser libre en este ámbito es sinónimo de tener muchas relaciones sin involucrarse mucho en ellas. Hoy hay mucha facilidad para tener encuentros, pero muy poca para una intimidad profunda y esto produce una desconexión con el cuerpo que, a menudo, nos deja ya no vacíos, sino disociados. Es decir, que tienes emociones vinculadas a un hecho, pero las separas, las asocias a otra cosa o las dejas apartadas en un rincón”.”Hoy en día hay mucha facilidad para tener encuentros, pero muy poca para una intimidad y esto produce una desconexión con el cuerpo que nos deja disociados”, afirma Cristina Pineda, psicóloga y sexóloga del centro de psicología Cepsim.Karen Moskowitz (Getty Images)“La libertad sexual va de la mano de una sexualidad libre de coacción, acoso o violencia; y que es segura, consensuada y placentera”, argumenta Miren Larrazabal, psicóloga clínica, sexóloga y presidenta de la Sociedad Internacional de Especialistas en Sexología (SISEX). “Pero no hay que confundir amor libre con amor neoliberal, de usar y tirar o de cosificación del ser humano. Tan importante es saber decir sí como poder decir no. Y esto tiene que ver con que muchas mujeres podemos sentimos presionadas, por esa mal llamada libertad sexual, a aceptar determinas prácticas o relaciones porque, si no las aceptamos, somos unas mojigatas o nos pueden dejar. Mientras que la presión en el hombre sigue estando en el rendimiento. Esta es la paradoja: por querer ser libres, acabamos sometiéndonos a la tiranía de un sexo capitalista y consumista”, sentencia Larrazabal, que es miembro del Instituto de Urología y Andrología (Lyx) en Madrid.Más no es, necesariamente, mejorOtra falsa idea de libertad sexual es relacionarla con la curiosidad, con la obligación de probarlo todo o con la inclinación a las prácticas más extremas; mientras que el llamado “sexo vainilla” queda para los puritanos que están a años luz de liberarse sexualmente. Tal vez lo más urgente sea redefinir qué es, a día de hoy, lo convencional cuando el Ministerio de Sanidad español ofrece en su web información sobre el chemsex —consumo intencionado de drogas para facilitar o intensificar la actividad sexual— y cuando cualquiera tiene un par de esposas en la mesa de noche junto a varios modelos de vibradores.Lo que se entiende por ortodoxo, sexualmente hablando, ha variado mucho en los últimos tiempos. Por ejemplo, se puede ser “vainilla” con un látigo en la mano, 15 metros de cuerda, una máscara de luchador mexicano y siendo una gata salvaje con velas en la habitación, luz tenue y música de Barry White como banda sonora. Ser sexualmente curioso, y tender o no tender a probar cosas nuevas, es más un adjetivo de la propia sexualidad que un requisito indispensable para alcanzar esa ansiada libertad.Otra falsa idea de libertad sexual es relacionarla con la curiosidad, con la obligación de probarlo todo o con la inclinación a las prácticas más extremas. Tal vez lo más urgente sea redefinir qué es, a día de hoy, lo convencional.Antonio Garcia Recena (Getty Images)“Es cierto que somos mucho más tolerantes que generaciones anteriores a la hora de reconocer y aceptar otras sexualidades”, sostiene Molero. “Pero, al mismo tiempo, esta fragmentación tan específica que necesita poner etiquetas a todo (sapiosexuales, hetero flexibles, asexuales, entre otros), y que se ve como un avance, también puede ser una forma de fragmentación, de control, incluso de enfrentamiento que, más que acercarnos, nos aleja de ser seres sexualmente libres”.¿Es el sexo sin emoción, ni vínculo, más libre?¿Cuántas personas viven la relación sexual a fondo, sin fines utilitarios, y cuántas necesitan tomar algún tipo de sustancia catalizadora porque les da pavor la intimidad o temen acercarse a otro cuerpo o al propio? A la consulta de Pineda llega gente pidiendo una fórmula para tener relaciones sin implicarse ni sufrir demasiado, sujetos frustrados porque cada vez es más complicado crear vínculos, personas con dificultades para entregarse a su pareja e individuos que, desde una necesidad de apego, se vinculan muy rápido. “Igual estamos en un periodo de transición en cuanto a la manera de entender nuestra sexualidad y, si bien nos hemos desembarazado de la culpa y damos más importancia al disfrute, ahora nos cuesta más crear y mantener relaciones profundas, satisfactorias”, reflexiona la experta. “Pareciera que la libertad sexual fuera incompatible con la pareja estable y que el compromiso implicara una forma de sometimiento”.“Se diría que tener exclusividad sentimental es ahora algo de derechas”, señala, por su parte, Larrazabal. “Lo fundamental de las relaciones es que contribuyan a nuestro bienestar y nos acerquen a la felicidad. Pero hay que tener en cuenta que no es solo mi libertad, sino también la del otro. No olvidemos que la historia nos muestra lo fácil que es pasarse de un extremo al otro: de la permisividad y el todo vale a conductas más represoras que nos hacen perder los derechos adquiridos”.“Lo fundamental de las relaciones es que contribuyan a nuestro bienestar y nos acerquen a la felicidad”, apunta la psicóloga y sexóloga Miren Larrazabal.Hugo Abad (Getty Images)Tal vez una buena definición de sexualidad libre sería aquella que no busca nada más allá, que no tiene segundas utilidades. Sin embargo, el sexo es un medio para obtener muchas cosas. Como apunta Pineda: “Puede ser una forma de narcisismo, una manera de ser aceptado o de encajar en un grupo, un atajo para conseguir amor, valía, sentirse importante o deseado. Una forma de cubrir determinadas necesidades”.La comunicación es también otro signo, muy revelador, que mide el nivel de libertad en el sexo. “Se supone que ahora se puede hablar de todo, pero de lo que se habla es de la sexualidad acrobática y de los problemas, no de los sentimientos”, interviene Molero. “Una de las cosas que más nos atrae, y que se olvida, es poder expresar sentimientos, decir ‘te quiero’, ‘te deseo’, ‘te echo de menos’ o ‘lo he pasado muy bien esta noche’. Lo que ocurre es que estas cosas no se dicen en las relaciones esporádicas (hay casi un protocolo que lo impide), donde las expresiones cariñosas pueden ser malinterpretadas. Por su parte, las parejas de larga duración dejan también de comunicarse de manera afectiva y solo se comunica algo sexual si hay un problema. Así que querer comunicar afecto y no poder hacerlo nos aleja de ser sexualmente libres”.

Shares: