“Cada vez que veo la película, para mí es como un exorcismo”, se confiesa Patricia Franquesa (Barcelona, 36 años), directora y protagonista de Diario de mi sextorsión. El documental, que se estrena en Ciudad de México este 4 de abril en la gira de documentales Ambulante, narra cómo el robo de su computadora mientras almorzaba y se reencontraba con su ex en el verano de 2019 terminó costándole la certeza de control sobre su vida privada. El documental se estrenó en 2024, pero la extorsión sexual no es ninguna novedad. En Chile, por ejemplo, la Policía de Investigaciones (PDI) reportó 14 denuncias de sextorsión en 2018, en las que hackers extranjeros convencían a las víctimas de participar en videollamadas íntimas que luego grababan. En Paraguay fue desmantelada una red de sextorsión que operaba desde una cárcel en enero de 2021, que en tres años recolectó más de 100.000 dólares.El caso más emblemático es el de Olimpia Coral Melo. Su experiencia fue convertida en un proyecto de Ley que desde 2020 echó a andar un conjunto de reformas legislativas que tipifican la violencia digital y sancionan la difusión de contenido íntimo sin consentimiento a nivel federal. La Ley Olimpia ha servido de modelo en países como Argentina y Colombia para regular y tipificar este tipo de violencia sexual, al que ahora debe incluirse la variable de las imágenes creadas con inteligencia artificial.La vergüenza y el miedo han sido la clave para los extorsionistas que aspiran a que la amenaza cale en sus víctimas para lucrarse de su vulnerabilidad. Cuando le pasó a Franquesa, le atravesaron ambas emociones, pero decidió no dejarse vencer. Luego de presentar su denuncia en la Policía, se sentó a escribir la sinopsis para convertir su experiencia en película. Aquella carpeta, a la que inicialmente nombró Vagina digital, terminó convirtiéndose en un documental que ha viajado a 25 países. No ha habido función en la que alguien del público no se identifique con la protagonista desde su propia experiencia.Pregunta. Darse cuenta de que su privacidad ya nunca más es suya es una espiral que parece no parar nunca. Cinco años después, ¿cómo es su vida?Respuesta. Vivo con una sensación de exposición constante, de tener que protegerme, una tensión de no saber si puedes controlar tu privacidad. Es un poco chungo, pero también creo que es básicamente el estatus de todos los usuarios hoy en internet.P. En teoría, algún tipo de control tenemos sobre eso, aunque las actualizaciones de las apps cada vez más te advierten de cómo van a usar tu información, más que pedirte permiso…R. Sí, a mí un oportunista me cogió mis datos y me quiso robar dinero. Luego, igual por venganza, lo ha puesto en un sitio en internet. Esas imágenes estaban en el ordenador porque yo decidí guardarlas para mí. Saber que cualquier extraño puede verme desnuda en una foto es bastante terrorífico. Esa exposición constante es como un fantasma que ha entrado en tu casa y no se va a ir. Cada vez que veo la película es como un exorcismo. Cada vez que lo hablo, lo resignifica de otra manera.P. Ahora vemos cómo materializó de alguna forma ese fantasma, pero ¿qué tan inmediato fue llegar hasta ahí?R. Al primer email que recibo del hacker no le di importancia, lo mandé a la carpeta de spam. Pero cuando mi amigo me dice que ha recibido las fotos al cabo de dos semanas, digo: “Coño, esto no es un correo spam”, y lo recupero. Me perturbó mucho la idea de saber que un desconocido había ido archivo por archivo en mi ordenador y había encontrado eso. La primera sinopsis la escribí un día después de que mi amigo me contó del correo. Pero en ese momento, no sabía qué hacer y sentía mucha vergüenza y miedo. Cuando fui a la Policía funcionó bastante mal, porque me dijeron que me haga la idea de que van a enviar las fotos a quienes quieran. No me mencionaron el concepto de extorsión sexual y fueron bastante rudos. Al regresar a casa, cuando empecé a googlear, llegué primero al concepto del ransom [rescate] que le piden a las empresas. Y entendí que no soy yo solo la tonta, que le pasa también a las empresas. Esto está pasando mucho y en todo el mundo, y yo no tenía ni idea. El concepto de la película durante el chantaje fue una manera de protegerme.P. La rudeza de la Policía, tal como muestra en el documental, trascendió de la revictimización hasta lo inapropiado y absurdo del agente que le sugiere que le tome fotos a él y a su mujer desnudos…R. Imagínate, es el policía quien me pide que le tome fotos en pelotas; un abuso de poder. El sistema policial no ayuda; incluso empeoró la situación de vergüenza. Cuando fui a la policía la primera vez, me pidieron imprimir las fotos y los emails. Ya no era solo ver las fotos de mi coño en pantalla, sino también impresas. Y lo peor fue que el oficial que me hizo la denuncia, me dijo como dos o tres veces:“No te preocupes, que no vamos a mirar las fotos, de verdad, no las miraremos”, como avergonzándome más. Hubo un momento en que les dije: “Bueno, si os va bien para hacer vuestro trabajo, mirad las fotos”. Me daba tanta vergüenza que no podía asimilar lo que me estaban diciendo. Entonces, tenía que girar la tortilla todo el rato. Me estaban sexualizando y además me dijeron: “Claro, es que estas cosas les pasan a las mujeres jóvenes como tú”. Y yo ahí, como aguantando, diciéndome a mí misma: “No reacciones a eso”. Te da miedo reaccionar cuando estás en la Policía, no quería que pensaran que soy reactiva y soy conflictiva. Tuve que tragarme todo eso porque mi objetivo era que pararan.P. El documental refleja la red de apoyo que le protege. La vergüenza y la falta de apoyo es una de las razones principales por las cuales muchas mujeres no denuncian. ¿Se encontró con gente que le dijo que mejor pasara página?R. Me acuerdo de estar en el proceso de escritura y estaba con mis amigos y les estaba contando: no sé cómo solucionar esto, y un amigo básicamente me dijo: “Es que esto no merece una película”. Pasa página, eso no es tan importante. Un gaslighting súper heavy, no solo de mi experiencia, sino de quererlo transformar en una peli. Y me hizo llorar, era alguien que quería mucho. Cómo me quitas mi foco y decirme que no debo enfocarme en las cosas que me preocupan. Que haya algo que tenga más urgencia no quiere decir que lo mío tenga más o menos importancia. Pero cuando la gente en todos los países que hemos visitado me dice que no ha visto cosas igual, se siente bonito cómo a través de mi emoción he podido crear algo universal que conecte con gente tan diferente. Me hace sentirme menos sola.P. También ha tenido la oportunidad de presentar la película en colegios. ¿Cómo describiría la diferencia entre los públicos?R. Cuando vas a festivales de cine, hay un público más intelectual, pero los niños te lo dicen todo en la cara y eso me parece súper fresco. En Praga, que es lo más reciente que tengo en la mente, una chica de Secundaria me dijo: “¿Crees que si las penas fueran más fuertes, habría menos casos?” Una pregunta súper compleja. También me preguntan mucho por el hacker, y de cómo emocionalmente me pude liberar. Me encanta que la peli tenga este final bittersweet [agridulce]. Por un lado, hemos conseguido hacer de esta experiencia un documental y, gracias a esto, habrá menos gente que calle ante estos casos. Pero los malos siguen libres, porque el sistema falla.P. El público parece tenerlo claro: la importancia de pedir ayuda y no dejarse vencer por el miedo y la vergüenza. Pero, ¿y las autoridades? ¿Su caso logró que las cosas cambiaran?R. Ahora, en la nueva Brigada de Policías Digitales de Cataluña, que creo también hay en España, hay un protocolo de víctimas de este tipo de chantaje como digitales. Qué bien que haya un protocolo. Pero mi hacker me decía en los correos que es imposible rastrear un email o una cuenta de Bitcoin, son todas anónimas. Si mi ordenador fue vendido y acabó en la Costa de Marfil, el que está actuando en ese país sabe que desde España no pueden hacer nada. Y entonces, cómo puede ser que vivimos en Internet y hay unas paredes como invisibles. Se han creado unas leyes que no se han pensado bien cómo nos ayudamos entre todos cuando de delitos cibernéticos se trata. Es súper lento. El efecto de la persona que lo sufre es muy desesperante, te entra muchísima rabia e impotencia.

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